
Francisco Enríquez Muñoz (Ciudad de México, 1975). Ha publicado las novelas: Los héroes ya no tienen lugar (2000) y ¡Clang! (2001), dando a conocer sus cuentos en diversas revistas mexicanas. Asimismo, ha obtenido reconocimiento por su obra literaria (y fotográfica) en varios certámenes del país del norte. Blow job pertenece al libro inédito Blow Job y otros cuentos.
Blow job
Por Francisco Enríquez Muñoz
Ahí está Lulú, demasiado cansada por uno de esos viernes en que su jornada laboral se deslizó aplastantemente tediosa, un día de monótona tristeza, igual a muchos, donde al regresar a casa tú la condujiste de la mano hasta la cama del dormitorio y ella impuso un ritmo rápido para que antes de lo previsto sobreviniera la pausa, el gran estremecimiento, el gemido final y tú te echaras a su lado bocarriba, me quitaras el condón (para ti, la vasectomía es algo aterrador, tanto como volverte papá), me guardaras ya deshinchado en tu trusa, te metieras los faldones de la camisa, te abrocharas el cinturón de los pantalones, te subieras el cierre de la bragueta, expulsaras, entre pedos y eructos bastante sonoros con olor a sepulcro, un vamosalasala (“vamosalasala” significa “vamosaverlatele”) y ella asintiera con la cabeza, se pusiera de pie, ingresara al baño, se despojara de telas (porque tú ni siquiera te tomaste la molestia de desnudarla), se cubriera de ensueños, se diera una laaaarga ducha, emergiera del baño, se enfundara en una bata de dormir, se preparara un cafecito, se apoltronara a tu lado en el sofá de la sala, justo frente a la tele, y recordara, en silencio, mirando hacia la pantalla luminosa, que hace apenas seis años creía que se iba a casar con un príncipe, porque tú todo el tiempo le decías princesa. Y sin darse cuenta, o pasándolo por alto, recuesta su cabeza en tu brazo apoyado en el respaldo del sofá y permite que la beses, sin responder, como si estuviera lejos, borracha o drogada o en trance, poniendo la cara oficial de la Magdalena arrepentida. La conciencia la lleva a admitir que debe contarte el secreto que se le atraganta en el alma y le quita el sueño. Tiene que controlarse para que las lágrimas no se desborden sino que queden ahí nomás, debajo del párpado. Un sorbo de café le infunde valentía, decide arrancarse los pelos de la lengua. Separa los labios poco a poco y, con voz sumamente baja, casi como en un aparte de teatro, te confiesa: desdehaceunmes voyamoteles conCecilio yahoraestoy enamoradadeél. Y tú sabes que la soledad volverá a demostrarte su agresividad. Dos lágrimas del tamaño de una uva se escapan de tus ojos, una de ellas se detiene un momento en tu nariz y cae pesadamente en la mesita de centro; la otra se te difumina en el rostro. Aspiras litros de aire con la sed de un náufrago. Empujas a Lulú con furia y la tiras al suelo. Te le abalanzas encima. La sujetas por las muñecas: ERESUNAPUTADEMIERDA PUTAPUTAPUTA. Ella se retuerce como quemada por un corrosivo: siyosoyputa túereselcabrónmáshijodeputaqueconozco sí meheestadoacostandoconCecilio yqué tútelomereces temerecescosaspeores HIJODEPUTA. Entonces tú, jadeando, con los ojos enrojecidos, temblando de odio y celos, recurres de nuevo a la palabra más vieja del mundo: PUTA PUTA PUTA PUTA PUTA PUTA PUTA PUTA PUTA PUTA. Acompañas a cada uno de tus alaridos con una bofetada seca, dura, impersonal, hasta hacerle probar a Lulú el sabor de su propia sangre. Y la cara se le desfigura, los ojos como bellotas, la boca una mueca que muestra los dientes prestos a lanzarse a tu yugular, la lengua un dragón que echa fuego y espumarajos; las aletas de su nariz se dilatan y parecen hocico de bestia: HIJODEPUTA HIJODEPUTA HIJODEPUTA. De repente yo, el miembro que en ti vive como algo autónomo, ya que estoy atrapado entre tu trusa, tu pantalón y el pubis de Lulú, concretamente contra aquel montículo en el que se frota mi cabeza en cada movimiento, vuelvo a despertar. Y por si fuera poco, en este momento Lulú, flaca, de dientes conejiles, de tetas caídas, a ti te parece más apetecible que un bolillo en ayunas. Oh, sí, sientes un deseo apremiante, absoluto, definitivo, un deseo de esos de primera o de última vez. Actuando con rabia, con unas ganas totales, con la respiración ansiosa, ávida, medio quejumbrosa, con bríos faunescos, consigues desprenderte del pantalón y de la trusa (no hay nada más grotesco que un hombre con camisa, zapatos, calcetines y el culo y los genitales al aire), y a Lulú le arrancas la bata de un tirón y le abres las piernas. Necesitando más de un intento, más de una embestida, me hundes por entero, brutalmente, en las profundidades de la flor rosácea. Arqueándose como si estuviera sufriendo una sacudida eléctrica, Lulú, seca y dolorida, echando la cabeza atrás con expresión de sufrida mártir, dice que le haces daño, y a ti te da igual, y ella, manoteando y pataleando, pide a gritos que la dejes, DÉJAME HIJODEPUTA DÉJAME, y tú te conduces como si las palabras de ella no tuvieran peso, ni sonido, como si no las escucharas. Y ella y sus palabras son la misma cosa. No oírla es hacer que no exista. La agarras con una mano por el pescuezo y le clavas los dedos, ahorcándola, asfixiándola, y ella llora, chilla y tose, golpeándote, mordisqueándote y rasguñándote, pero al menos suspende los gritos. Refregando tu pecho contra sus tetas y palpando como un ciego el contraste de los huesos de sus caderas, la llamas, agónico, con los dientes apretados y el labio inferior pronunciado hacia fuera, miputa, mientras te estremeces en un instante final, interminable (a veces es tan largo un instante). Después sales de entre sus piernas deprisa, sin que te importe ensuciárselas, ansioso por perderla de vista cuanto antes como si éste no hubiera sido más que un polvo rápido y sin compromiso con una desconocida. A renglón seguido recapacitas con terror que no me colocaste un preservativo. Piensas en un óvulo fecundado (¿por qué no?, a fin de cuentas Lulú es una mujer de veinticinco primaveras que no se toma o inyecta anticonceptivos, ni sus trompas están ligadas, ni lleva instalado un DIU o siquiera un diafragma), y sobre todo piensas en las enfermedades posibles (¿por qué no?, a fin de cuentas Lulú es tu esposa, sí, pero también consumó el metesaca con su mejor amigo, Cecilio, un individuo que a lo mejor tiene a un mismo tiempo muchas parejas y nunca se protege antes de darle gusto al gusto), en alguna que se esté ya incubando en mi pellejo, o peor, más adentro de tu ser. Te levantas sin decir una palabra y das media vuelta. Lulú se queda hecha un ovillo sobre el suelo. Empieza a reír. Lo hace a carcajadas, convulsivamente. Como un boxeador cansado, derrotado, que vuelve a los vestuarios escuchando todavía los gritos del público que festejan al triunfador, tú caminas hacia el baño. De pronto Lulú se serena. Las lágrimas afloran a sus ojos. Brota un corpulento hilo de semen de su orificio vaginal. Como un boxeador cansado, derrotado, tienes la cara, peor todavía, manchada de sangre y babas y mocos y sudor. Mientras dejas que el agua de la regadera te empape el pelo, circule por tu cuerpo, repites con todas tus potencias: PUTA. Y la voz de ella, casi un eco, contesta: HIJODEPUTA. Tú me enjabonas, haces berrinche cuando se te cae el jabón en el dedo gordo del pie izquierdo, haces pucheros cuando recoges el jabón, lloras cuando me enjuagas, te calmas cuando empieza a enfriarse el agua y decides perdonar a Lulú. Ahora todo es distinto y casi con seguridad (terminas pensando, calculando todo, menos lo que va a suceder) ella debe de estar sana y si se embaraza de ti o por ti ya te encargarás de ello. Irás resolviendo cada problema a medida que se presente, o no lo harás. Eso es todo, así de sencillo. (Lo que aún no sabes es que, gracias a tu creciente afición por el ron y la comida chatarra, tus espermatozoides han perdido por completo la fuerza fecundadora.) Sales de la regadera manso y chorreante, con una toalla enredada a la cintura. Abres la puerta del baño y vas a la sala. La sala está vacía. Lulú se ha esfumado. Resulta a veces notable la distancia existente entre los objetos más ordinarios, entre los acontecimientos más extraordinarios. Observas de pronto las paredes, los cuadros, el sofá, el sillón, la mesita de centro y la taza favorita de Lulú colmada de café ya frío. La distancia entre estos objetos es inmensa. De pronto parecen separados de la realidad por años luz. En un súbito arrebato, con
un gesto de loco, como el de un escritor de cuentos de terror que huye de un zombi, subes a paso veloz las escaleras. Irrumpes en el dormitorio. El clóset te recibe con las puertas abiertas y muchos ganchos vacíos. Caes entonces en la cuenta de que toda la ropa de Lulú ha desaparecido. En otro arrebato, revisas el contestador automático del teléfono. Nada. Acto seguido ves en el tocador una botella desvirgada de ron y te acercas. Descubres las palabras garrapateadas en el espejo del tocador con lápiz de labios color ceniza: ADIÓS HIJO DE PUTA EL VIERNES DE LA PRÓXIMA SEMANA VENGO A DARTE LOS PAPELES QUE DEBES FIRMAR PARA QUE NOS DIVORCIEMOS. Te metes cuatro líneas de ron, bajas la botella y te agarras al clóset para esconder el rostro del espejo del tocador, que te muestra sin piedad un semblante ruinoso donde apenas se reconoce a un treintañero. Desamparado por completo, y a punto de llamar a gritos a tu madre, te avergüenzas de ti mismo por no saber qué hacer, por no ser un buen hombre, por ser un punto medio que de tan medio no llega a ser nada, por envidiar de manera inmunda a Cecilio. En el pecho sientes la opresión de una pezuña que te veda el paso del aire, por más que abres desmesuradamente la boca y la nariz. Alzas la botella de ron, te llevas el gollete a la boca y bebes, cerrando los ojos, mientras oscurece como en las películas de Peter Greenaway, es decir, de una manera artificial, casi plástico. El ron te cae por la barbilla. Percibes que el suelo se encabrita, se sacude por olas enormes que levantan las paredes hacia un lado y hacia otro. Debes estar borracho. Sí, estás borracho. YQUÉ. Quieres arrojarte al suelo, aferrarte a las duelas, cerrar los ojos pero no, con los ojos cerrados la tormenta empeora, aumenta la altura de las olas. Optas por estrellar la botella contra el espejo del tocador. El estruendo repercute en todos los rincones: CRASSSH… CRAAA… SHHH… Y recuerdas aterrado que te encuentras solo en la casa. Lanzas un gemido y enciendes la lámpara del buró. Estás a punto de cerrar las cortinas para evitar que la noche se meta en el dormitorio y te busque los sesos, cuando te das cuenta de que las cortinas de la ventana de enfrente se hallan abiertas de par en par, de modo que te es muy fácil ver el interior de aquella habitación. Es un cuarto cualquiera de un hotel de paso cualquiera, en el cual hay un cable largo y negro que termina en un foco cuya luz cálida disipa las tinieblas y se resbala por la triste figura de un anciano sentado al borde de una cama matrimonial. Oh, el viejo es Cecilio. Sus ojos son los de un sapo. Sólo lleva puesto un pantalón gris lavado y relavado, sucio de años. Toma el cigarrillo que reposa detrás de su oreja derecha y se lo pone entre los labios. Hurga en el bolsillo trasero-izquierdo del pantalón, extrae una cajita de fósforos, enciende uno y lo protege con las manos hasta que la llama aviva el tabaco. Exhala un fantasma ceniciento antes de levantar el trasero de la cama y girar la cabeza hacia Lulú. Lulú trae una sudadera roja, unas sandalias negras y unos blue jeans. Junto a una montaña de maletas, de pie, habla y llora, llora y habla. De repente Cecilio aplasta al cigarrillo en el cenicero que yace a su derecha, encima de un buró igual al tuyo, se aproxima a Lulú y extiende sus manos. Lulú se deja abrazar y abraza a la antigüedad macho. Dejando que se esfumen al menos quince minutos, ambos bailan suavemente, pegando mejilla con mejilla y apartándose luego para también juntar miradas. Casi por tácito acuerdo, se quitan la ropa. Cecilio ya está totalmente desnudo y aprovecha que Lulú ya está totalmente desnuda para alargar los dedos y abarcar del todo a las tetas caídas. Lulú lo mira de soslayo y se embadurna las palmas de las manos con saliva. Frunce los labios como si estuviera posando para un anuncio de pintalabios, mientras las palmas ensalivadas se cierran alrededor del pájaro erguido y, a lo largo de éste, se mueven arriba y abajo. Cecilio abre la boca y Lulú lo besa con voracidad, como si quisiera devorarlo por entero. Cecilio la hace a un lado de un brusco empujón y la abofetea en la cara. Lulú no puede evitar caerse sentada en el suelo alfombrado. De inmediato él la agarra del pelo y la obliga a ponerse a cuatro patas. Las tetas colgando. Lulú tiembla sin control. Cabrillean sus pupilas. El rostro se le ha cubierto de un atractivo rubor. Cecilio se arrodilla detrás de ella y le da otro firme tirón de pelo. Con la mano libre, se detiene el pene y, empujando con todas sus fuerzas, lo entierra en el orificio que no es el de la sede de la vida. Lulú aprieta los dientes como si quisiera pulverizarlos unos contra otros. Eso no impide que sus gritos suenen demasiado fuertes. Cada grito desencadena irremediablemente que el vaivén del anciano cobre una mayor aceleración. Tú no alcanzas a oír esos gritos. Pero te angustia ver la mueca de dolor de Lulú, a aquel carcamal de sonrisa canallesca sodomizando a la única hembra con la que has podido formar una pareja. Las cosas se mantienen así durante un rato, hasta que los movimientos de Lulú se armonizan con las embestidas del feroz atacante. Sin creer en lo que ves pero ya enfadado, desolado, con la cara de quien acaba de recibir una cubetada de cuadritos de hielo en la espalda, tú comprendes que el dolor de Lulú ya se ha trocado en placer. Tantas veces que a ella le pediste entrar en su ser por la puerta de atrás y ella te lo negó, y ahora la muy puta está disfrutando con su mejor amigo lo que nunca quiso hacer con su marido. Finalmente Cecilio retira su falo ablandado. Se levanta. Se tumba sobre la cama. Lulú se tiende a un lado de él y le sonríe con amor infinito: la sonrisa que tu suponías que había nacido y crecido para ti. Luego ella cierra los ojos, con las manos en la nuca, las rodillas alzadas y las piernas ampliamente separadas. Sus pezones se ven tan duros como pequeñas piedras. El viejo no puede contenerse ante ellos. Los muerde con los dientes, juguetón, sin causarle daño. Los chupa con la lengua y, con la mano derecha, aplica un manotazo entre las piernas lulúanas. No ha sido un golpe poderoso, pero causa que los ojos y la boca de Lulú se abran de par en par. Con los dedos de la mano derecha, Cecilio localiza el nódulo de carne entre los tiernos labios genitales, y lo fricciona hacia delante y atrás hasta que Lulú eleva las caderas, arqueando la espalda. Él vuelve a alzar la mano derecha y suelta en el mismo punto una serie de palmetazos salvajes, demoledores, sonriendo mientras su órgano viril resucita y las lágrimas corren de nuevo por las mejillas de Lulú, quien se retuerce a uno y otro lado, aferrando y estirando las sábanas a sus costados. Cuando el anciano coarta la libertad de expresión del pequeño Marqués de Sade que lleva dentro, Lulú se limpia la cara con el dorso de las manos y clava sus ojos en la ventana. Pero la ventana es de la forma y los colores cotidianos. No hay en la ventana una araña, ni una rata, ni una mancha, ni un letrero. ¿Qué es, pues, lo que Lulú mira? Pues en la ventana, nada. Mira lo que hay del otro lado del cristal: tus ojos. Ateniéndote a la lógica, piensas que emergerá de la cama para ir directamente a cerrar las cortinas, y aun antes de que esto suceda, ya empiezas a sentirte miserable y frustrado: ella ahora impedirá que tu vista invada ese cuarto de hotel y tú automáticamente serás un personaje de su pasado. Sin embargo, te equivocas. Tras volver a mirarte como para cerciorarse de tu presencia, Lulú se arrodilla entre las piernas de Cecilio, se pasa la lengua por los labios bucales y lame la porción de glande que tiene puntitos de mierda. Tú obtienes así la certeza de que ella está respondiendo a tu voyerismo con un correspondiente acto de exhibicionismo, y el corazón se te rompe en pedazos aún más pequeños; las pupilas se te llenan de astillas. Ves todo empañado y ya no es posible seguir dando una cuenta exacta de lo que allá está aconteciendo.