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Ignacio Valdez

Ignacio Valdez

Por Marco A. Valencia – Tomado de “14 Crónicas” – Marco A. Valencia Calle – Revista Ojo al Cuento N°4 – Popayán, Colombia, 2000.

“Yo fui chofer de uno de los duros de Cali. Al principio me tocó tenaz, pero una vez que me gané la confianza de esos manes, fue muy bacano.

Cada viernes nos íbamos para una de las fincas que ellos tenían por acá cerca de Silvia. Eso era juerga corrida. Venían a la rumba unas viejotas, hum, mejor dicho, eran viejas de esas que salen en la televisión, modelos de pasarela y chinas bien de la universidad, y tal.

Armábamos parranda, echábamos piscina y perica ventiada…

La verdad es que yo nunca le jalé al vicio; eso sí le agradezco al patrón que tuve. Y no le voy a decir el nombre. El man, que era un doctor duro, desde el primer día de rumba me llamó aparte y me aleccionó bien; me dijo que el vicio era para los pendejos, para los del gatillo. Que disfrutara la rumba, que me ganara mis pesitos para ayudar a los de mi casa, pero que ojo con el vicio, que yo era el chofer y me necesitaba bien cuerdo, no fuera a ser que nos cogiera el barril de la pelona.

¡Uy! El patrón era bien conmigo, a veces me decía: ¡y qué Valdez!, ¿ya llamó a su mamá para decirle que está bien? Acuérdese que ella es la que reza por los dos y hay que tenerla sin preocupaciones. En otras, me ponía una mano en el hombro y me decía que me viniera para Popayán en la camioneta, que visitara la cucha y le trajera unos regalitos. Tranquilo hombre, y si quiere se queda unos días por allá, y de paso me hace un par de vuelticas. Y yo: ¡Listo hermano!

Alcancé a venir como unas doce veces a descrestar a los manes del barrio, imagínate, manejando senda nave, con pinta de bacán, ¡uy!, todo el mundo pensaba que yo era el traqueto. Y las peladas se me ofrecían y la cucha se ponía re contenta: porque eso era lo importante, tener bien a la cucha. Le compré lavadora, aspiradora, televisor de 24 a full color, VHS y hasta una imagen de la Virgen del Carmen tamaño natural le compré. A mis hermanos, claro, a ellos también les daba su billetico para que lo pasarán bien, pero lo importante era la cucha, hermano, ¿si entiende?

Con los días las cosas se fueron poniendo feas, y el patrón, a lo bien, me dejó elegir opción: o me ponía a guerrear con una mini uzi, o me venía para donde mi mamá, y que cuando pasara el azare me mandaba llamar. Pero qué va. Las cosas han seguido mal. A más de un compañero de por acá que sí se quedó a guerriar les han dado en la cabeza.

Yo aquí mientras tanto he metido hoja de vida en varias partes y con fotocopia de la recomendación que me dio el patrón, pero hasta la fecha, nanay, nada, hermano.

Me han ofrecido como dos trabajos de chofer con sueldo mínimo, y qué va, yo soy un chofer experto, con experiencia y por los que me ofrecen es mejor no trabajar. Por esa plata es rebajarse uno mucho. Vos tenés que valorarte, hacer valer tu trabajo profesional.

El patrón que tuve, ese man sí que era calidad. Yo le cumplí a lo bien, y sé que me va a llamar apenas pase la cosa. ¡Uy!, no ve que yo le sabía las mañas y todo. El hombre conmigo no problems, hermano.

Por ahora, a la cucha y a mis hermanos les toca reventar para mantenerme. Ellos supieron y saben cómo es la cosa conmigo. Cuando tuve billetes les di y les gastonié.

Yo sé que están mal ahora, pero cuando el patrón salga de todos estos problemas con la ley, seguro me vuelve a llamar y les voy a recompensar a lo bien lo que están haciendo por mí.

Pobre cucha. Barriendo y trapeando todo el día piezas de motel: Le toca duro, no creas.

Mi hermano, no pues, ese man vende vainas en los semáforos y en los paraderos de los buses. Ese es como camellador. El hombre se levanta desde las cuatro de la mañana a trabajar duro y va a salir adelante, como yo lo hice un día.

Mi hermana, ¡ah!, esa sí que es como lerda. No le gusta trabajar. Dizque quiere ser odontóloga y no sé qué. Mejor dicho, la pobre no se centra en la realidad del país, y ni ayuda para la casa ni nada. Un día de estos me va a tocar ponerme serio y darle una paliza para que deje de soñar pendejadas y se ponga a camellar, para que ayude con los gastos de la casa.

gnacio Valdez

Por Marco A. Valencia

Tomado de “14 Crónicas” – Marco A. Valencia Calle – Revista Ojo al Cuento N°4 – Popayán, Colombia, 2000.

Todas ellas

Juan Carlos Moraga Fadel (Santiago, 1983). Reside en Buenos Aires desde 1997

Todas ellas

Si ni siquiera las estrellas fijas son fijas, ¿cómo podéis decir que todo lo verdadero es verdadero?

Georg Lichtenberg

Ella prefiere los libros a la gente, eso pensaba al verla hojear algún viejo tomo empastado en cuero amarillo, mientras esquivaba la mirada del macho latino, camisa abierta, pelo en pecho, sabroso, que la intentaba hipnotizar con su cháchara juvenil. Encantador de serpientes experimentado, seguramente. Ella, fría como el hielo, dura roca, dejaba que la observara como quien mira los planetas que se fijan en el cielo y te sacan la lengua riéndose, como cargándote de que no puedes tocarlos. Yo, para distraerme, pensaba en mujeres. Me acordaba, por ejemplo, de la muchacha quinceañera que cada tanto me regalaba besos en el sótano del conocido centro juvenil y cultural, céntrico y vanguardista, de ciudad pequeña pero universitaria (escapados de la pontificia universidad luego de derramar cháchara larga), donde los baños unisex albergan poetas etílicos y canábicos, de esos que pueden ser fumados si los dejas expuestos mucho tiempo a los rayos del sol. Ella me pedía incesante que le regalara “Lolita” y yo respondía rápido y certero ¡sí! augurando un triunfal intercambio de fluidos que nunca llegó, aunque fueron muchos y buenos y bellos los besos que me entregó enguantada de colegiala en medio de salas semioscuras y vacías. También recordaba a otra niña, nombre de peluquera tenía, Dalila, hebrea ella, que partió a Israel con jugosa beca a buscar palabras secretas entre secretos libros con sus ojos serenos, su baja estatura, propia de una mujer de tan altas ideas, como venenito en frasco chico, condenada a una muerte rápida y pronta, tan pronta en este relato, pero más pronta en la triste vida. Y su apellido lleno de ges, de eses, de erres, de enes, un nombre tan de filosofa, tan de antología. Partió hacia su tierra prometida, partió y terminó partiéndose, terminó, no me atrevo a decirlo, no, no hay significante para tamaño significado!!! ¿Cómo terminó? Con los sesos desparramados en su suelo de los lamentos. Choque de auto. Llamo al mozo, estoy al borde del pánico, los recuerdos producen pánico, un café le digo, un café con leche, como si un café con leche me salvara de hundirme en un abismo que no tiene nombre, como si me sumergiera de noche en un ataúd de acero. Choque de auto. Yo me enteré un jueves a las doce del día. Sin embargo, sin embargo, sin embargo, aquí estoy cuidando tu sueño como un tigre rojo o un soldado de basalto, centinela en las avanzadas del mundo.

Los cuerpos de las mujeres que me he comido pasan desfilando ante mí mientras me cae en el pelo la ceniza del cigarrillo. El aroma a perfume, las más obscenas escenas regresan a mi propio cuerpo, olores infinitos se mezclan en el paseo que realizan las hembras que me fui comiendo desde que descubrí que la mujer puede ser devorada. Café con leche porque ya no uso la mano suave del caníbal, estoy ahora solo y sentado en el oscuro café mientras viene la noche a tentarme con un festín de dulces recuerdos. No la atiendo. No tengo hambre le digo. Y es que devoré a todas las mujeres que pude, un glotón universal, un apetito gargantuesco y antropófago. Las comí a todas, algunas lentamente, otras fueron devoradas rápidamente, pero todas me hicieron el mismo mal indigesto, me envenenaron de a poco, me envenenaron un poco, por mas delicado que fue cada mordisco con que las engullí. Me dejaron claveles y huesos tiempo después, cuando renacieron para ser devoradas por otros hombres, continuando así el ciclo de la vida, su ciclo del agua, nuestro ciclo digestivo tan particular. Me envenenaron todas, todas y cada una me envenenaron. Rompí las cartas de la primera de ellas, recién, hace unos pocos días. Tengo que limpiarme como un campo arrasado por el fuego.

También había otra, una amiga que intentó quitarse la vida y se rebanó los brazos como si fueran un fiambre. Más tarde intenté hacer lo mismo. La historia se repite decía Hegel, pero se le olvido agregar un detalle macabro, se repite como tragedia, primero, y después como farsa. Yo la consentía con el pan poético de mentirosos libros, aunque cambié también sus vendas y algodones, porque no solo de pan vive el hombre, mintiéndole acerca de la belleza y la esperanza con libros de Camus, del sentido del dolor con libros de Weil. Mintiendo y mintiendo sin parar. Para después cortarme, casi en chiste, yo mismo los brazos. Le mentí mucho y bien y por eso la tengo todavía a mi lado. Para eso me sirvieron los libros. Y es que para eso sirven. La bibliotecaria me gustó porque leía, a veces, en voz alta. Para mí ella era Wittgenstein. En mi hormonal pubertad, me quedaba turbado entre sus letras bien pronunciadas, su pelo negro de diva mala mujer, alevosa y malevosa, que dominaba ese espacio neutro amurallado de libros con el glamour de una vedette, una “madame” que administraba las bien letradas “señoritas”. Y solo mía. Porque claro, nadie quería esa biblioteca. Yo tampoco, yo sólo quería a mi librera de pronunciación perfecta. Hojas como plumas, letras como lentejuelas. Era mi “Gatita de Porcel”. ¿Cómo no ser mi Vedette? ¿Cómo no leyendo: “estoy ante un poeta. Hay muchas personas en la sala, pero no se les oye. Están en sus libros. A veces se mueven entre las hojas como hombres que duermen y se dan vueltas entre dos sueños…”? ¿Cómo no serlo? Entre mis sueños y sus sueños me regaló una visión de blanco algodón y bombachas, ¿cómo no serlo? Me regalo sus palabras y alguna mirada dulce, caricias inocentes que movieron algo entre mis piernas. La miraba mirar su libro y luego, solitario, me manchaba los bigotes con cerveza mientras mi inesbelta figura reposaba cetácea, ballenesca, como un cachalote bonsái alcoholizado en la playa de los bares, en un barcito de esos que cada esquina contiene como mínimos ateneos. Ella miraba el libro viejo y no al mancebo muchacho, sabroso, juvenil, con esa galante cháchara. Y yo, mirando al libro, la miraba a ella. Así comenzó esto que no es mas que un paseo febril por cosas que pasaron hace poco y que todavía hoy me dejan alguna que otra nota sobre la cama, en especial avisándome que dormiré solo esta noche. Una introducción a la teoría de las catástrofes, de eso se trata el asunto, porque todas ellas me envenenaron, todas ellas, condenándome a mirar el paisaje desde la ventana de una cocina, de un café, de un micro, de donde sea, siempre hay ventanas para que pueda mirar la vida, paradoja graciosa e inmunda, la vida se las arregla para que sea un espectador. Si me encadeno a algo moriré libre, pienso. Y termino el café y sigo hablándome a mí mismo, sin pensar en lo que dijeron los ojos que me hablaban, por que mi preocupación no es morir, sino atarme a las cosas que amo hasta que me engangrene (luego, claro, me cortaran como un miembro podrido). Terminaré en la baldosa impoluta del quirófano como una morcilla, un trocito amoratado de sangre gastada.

Todas ellas me envenenaron, todas ellas.

Blow job

Francisco Enríquez Muñoz (Ciudad de México, 1975). Ha publicado las novelas: Los héroes ya no tienen lugar (2000) y ¡Clang! (2001), dando a conocer sus cuentos en diversas revistas mexicanas. Asimismo, ha obtenido reconocimiento por su obra literaria (y fotográfica) en varios certámenes del país del norte. Blow job pertenece al libro inédito Blow Job y otros cuentos.

Blow job

Por Francisco Enríquez Muñoz

Ahí está Lulú, demasiado cansada por uno de esos viernes en que su jornada laboral se deslizó aplastantemente tediosa, un día de monótona tristeza, igual a muchos, donde al regresar a casa tú la condujiste de la mano hasta la cama del dormitorio y ella impuso un ritmo rápido para que antes de lo previsto sobreviniera la pausa, el gran estremecimiento, el gemido final y tú te echaras a su lado bocarriba, me quitaras el condón (para ti, la vasectomía es algo aterrador, tanto como volverte papá), me guardaras ya deshinchado en tu trusa, te metieras los faldones de la camisa, te abrocharas el cinturón de los pantalones, te subieras el cierre de la bragueta, expulsaras, entre pedos y eructos bastante sonoros con olor a sepulcro, un vamosalasala (“vamosalasala” significa “vamosaverlatele”) y ella asintiera con la cabeza, se pusiera de pie, ingresara al baño, se despojara de telas (porque tú ni siquiera te tomaste la molestia de desnudarla), se cubriera de ensueños, se diera una laaaarga ducha, emergiera del baño, se enfundara en una bata de dormir, se preparara un cafecito, se apoltronara a tu lado en el sofá de la sala, justo frente a la tele, y recordara, en silencio, mirando hacia la pantalla luminosa, que hace apenas seis años creía que se iba a casar con un príncipe, porque tú todo el tiempo le decías princesa. Y sin darse cuenta, o pasándolo por alto, recuesta su cabeza en tu brazo apoyado en el respaldo del sofá y permite que la beses, sin responder, como si estuviera lejos, borracha o drogada o en trance, poniendo la cara oficial de la Magdalena arrepentida. La conciencia la lleva a admitir que debe contarte el secreto que se le atraganta en el alma y le quita el sueño. Tiene que controlarse para que las lágrimas no se desborden sino que queden ahí nomás, debajo del párpado. Un sorbo de café le infunde valentía, decide arrancarse los pelos de la lengua. Separa los labios poco a poco y, con voz sumamente baja, casi como en un aparte de teatro, te confiesa: desdehaceunmes voyamoteles conCecilio yahoraestoy enamoradadeél. Y tú sabes que la soledad volverá a demostrarte su agresividad. Dos lágrimas del tamaño de una uva se escapan de tus ojos, una de ellas se detiene un momento en tu nariz y cae pesadamente en la mesita de centro; la otra se te difumina en el rostro. Aspiras litros de aire con la sed de un náufrago. Empujas a Lulú con furia y la tiras al suelo. Te le abalanzas encima. La sujetas por las muñecas: ERESUNAPUTADEMIERDA PUTAPUTAPUTA. Ella se retuerce como quemada por un corrosivo: siyosoyputa túereselcabrónmáshijodeputaqueconozco sí meheestadoacostandoconCecilio yqué tútelomereces temerecescosaspeores HIJODEPUTA. Entonces tú, jadeando, con los ojos enrojecidos, temblando de odio y celos, recurres de nuevo a la palabra más vieja del mundo: PUTA PUTA PUTA PUTA PUTA PUTA PUTA PUTA PUTA PUTA. Acompañas a cada uno de tus alaridos con una bofetada seca, dura, impersonal, hasta hacerle probar a Lulú el sabor de su propia sangre. Y la cara se le desfigura, los ojos como bellotas, la boca una mueca que muestra los dientes prestos a lanzarse a tu yugular, la lengua un dragón que echa fuego y espumarajos; las aletas de su nariz se dilatan y parecen hocico de bestia: HIJODEPUTA HIJODEPUTA HIJODEPUTA. De repente yo, el miembro que en ti vive como algo autónomo, ya que estoy atrapado entre tu trusa, tu pantalón y el pubis de Lulú, concretamente contra aquel montículo en el que se frota mi cabeza en cada movimiento, vuelvo a despertar. Y por si fuera poco, en este momento Lulú, flaca, de dientes conejiles, de tetas caídas, a ti te parece más apetecible que un bolillo en ayunas. Oh, sí, sientes un deseo apremiante, absoluto, definitivo, un deseo de esos de primera o de última vez. Actuando con rabia, con unas ganas totales, con la respiración ansiosa, ávida, medio quejumbrosa, con bríos faunescos, consigues desprenderte del pantalón y de la trusa (no hay nada más grotesco que un hombre con camisa, zapatos, calcetines y el culo y los genitales al aire), y a Lulú le arrancas la bata de un tirón y le abres las piernas. Necesitando más de un intento, más de una embestida, me hundes por entero, brutalmente, en las profundidades de la flor rosácea. Arqueándose como si estuviera sufriendo una sacudida eléctrica, Lulú, seca y dolorida, echando la cabeza atrás con expresión de sufrida mártir, dice que le haces daño, y a ti te da igual, y ella, manoteando y pataleando, pide a gritos que la dejes, DÉJAME HIJODEPUTA DÉJAME, y tú te conduces como si las palabras de ella no tuvieran peso, ni sonido, como si no las escucharas. Y ella y sus palabras son la misma cosa. No oírla es hacer que no exista. La agarras con una mano por el pescuezo y le clavas los dedos, ahorcándola, asfixiándola, y ella llora, chilla y tose, golpeándote, mordisqueándote y rasguñándote, pero al menos suspende los gritos. Refregando tu pecho contra sus tetas y palpando como un ciego el contraste de los huesos de sus caderas, la llamas, agónico, con los dientes apretados y el labio inferior pronunciado hacia fuera, miputa, mientras te estremeces en un instante final, interminable (a veces es tan largo un instante). Después sales de entre sus piernas deprisa, sin que te importe ensuciárselas, ansioso por perderla de vista cuanto antes como si éste no hubiera sido más que un polvo rápido y sin compromiso con una desconocida. A renglón seguido recapacitas con terror que no me colocaste un preservativo. Piensas en un óvulo fecundado (¿por qué no?, a fin de cuentas Lulú es una mujer de veinticinco primaveras que no se toma o inyecta anticonceptivos, ni sus trompas están ligadas, ni lleva instalado un DIU o siquiera un diafragma), y sobre todo piensas en las enfermedades posibles (¿por qué no?, a fin de cuentas Lulú es tu esposa, sí, pero también consumó el metesaca con su mejor amigo, Cecilio, un individuo que a lo mejor tiene a un mismo tiempo muchas parejas y nunca se protege antes de darle gusto al gusto), en alguna que se esté ya incubando en mi pellejo, o peor, más adentro de tu ser. Te levantas sin decir una palabra y das media vuelta. Lulú se queda hecha un ovillo sobre el suelo. Empieza a reír. Lo hace a carcajadas, convulsivamente. Como un boxeador cansado, derrotado, que vuelve a los vestuarios escuchando todavía los gritos del público que festejan al triunfador, tú caminas hacia el baño. De pronto Lulú se serena. Las lágrimas afloran a sus ojos. Brota un corpulento hilo de semen de su orificio vaginal. Como un boxeador cansado, derrotado, tienes la cara, peor todavía, manchada de sangre y babas y mocos y sudor. Mientras dejas que el agua de la regadera te empape el pelo, circule por tu cuerpo, repites con todas tus potencias: PUTA. Y la voz de ella, casi un eco, contesta: HIJODEPUTA. Tú me enjabonas, haces berrinche cuando se te cae el jabón en el dedo gordo del pie izquierdo, haces pucheros cuando recoges el jabón, lloras cuando me enjuagas, te calmas cuando empieza a enfriarse el agua y decides perdonar a Lulú. Ahora todo es distinto y casi con seguridad (terminas pensando, calculando todo, menos lo que va a suceder) ella debe de estar sana y si se embaraza de ti o por ti ya te encargarás de ello. Irás resolviendo cada problema a medida que se presente, o no lo harás. Eso es todo, así de sencillo. (Lo que aún no sabes es que, gracias a tu creciente afición por el ron y la comida chatarra, tus espermatozoides han perdido por completo la fuerza fecundadora.) Sales de la regadera manso y chorreante, con una toalla enredada a la cintura. Abres la puerta del baño y vas a la sala. La sala está vacía. Lulú se ha esfumado. Resulta a veces notable la distancia existente entre los objetos más ordinarios, entre los acontecimientos más extraordinarios. Observas de pronto las paredes, los cuadros, el sofá, el sillón, la mesita de centro y la taza favorita de Lulú colmada de café ya frío. La distancia entre estos objetos es inmensa. De pronto parecen separados de la realidad por años luz. En un súbito arrebato, con
un gesto de loco, como el de un escritor de cuentos de terror que huye de un zombi, subes a paso veloz las escaleras. Irrumpes en el dormitorio. El clóset te recibe con las puertas abiertas y muchos ganchos vacíos. Caes entonces en la cuenta de que toda la ropa de Lulú ha desaparecido. En otro arrebato, revisas el contestador automático del teléfono. Nada. Acto seguido ves en el tocador una botella desvirgada de ron y te acercas. Descubres las palabras garrapateadas en el espejo del tocador con lápiz de labios color ceniza: ADIÓS HIJO DE PUTA EL VIERNES DE LA PRÓXIMA SEMANA VENGO A DARTE LOS PAPELES QUE DEBES FIRMAR PARA QUE NOS DIVORCIEMOS. Te metes cuatro líneas de ron, bajas la botella y te agarras al clóset para esconder el rostro del espejo del tocador, que te muestra sin piedad un semblante ruinoso donde apenas se reconoce a un treintañero. Desamparado por completo, y a punto de llamar a gritos a tu madre, te avergüenzas de ti mismo por no saber qué hacer, por no ser un buen hombre, por ser un punto medio que de tan medio no llega a ser nada, por envidiar de manera inmunda a Cecilio. En el pecho sientes la opresión de una pezuña que te veda el paso del aire, por más que abres desmesuradamente la boca y la nariz. Alzas la botella de ron, te llevas el gollete a la boca y bebes, cerrando los ojos, mientras oscurece como en las películas de Peter Greenaway, es decir, de una manera artificial, casi plástico. El ron te cae por la barbilla. Percibes que el suelo se encabrita, se sacude por olas enormes que levantan las paredes hacia un lado y hacia otro. Debes estar borracho. Sí, estás borracho. YQUÉ. Quieres arrojarte al suelo, aferrarte a las duelas, cerrar los ojos pero no, con los ojos cerrados la tormenta empeora, aumenta la altura de las olas. Optas por estrellar la botella contra el espejo del tocador. El estruendo repercute en todos los rincones: CRASSSH… CRAAA… SHHH… Y recuerdas aterrado que te encuentras solo en la casa. Lanzas un gemido y enciendes la lámpara del buró. Estás a punto de cerrar las cortinas para evitar que la noche se meta en el dormitorio y te busque los sesos, cuando te das cuenta de que las cortinas de la ventana de enfrente se hallan abiertas de par en par, de modo que te es muy fácil ver el interior de aquella habitación. Es un cuarto cualquiera de un hotel de paso cualquiera, en el cual hay un cable largo y negro que termina en un foco cuya luz cálida disipa las tinieblas y se resbala por la triste figura de un anciano sentado al borde de una cama matrimonial. Oh, el viejo es Cecilio. Sus ojos son los de un sapo. Sólo lleva puesto un pantalón gris lavado y relavado, sucio de años. Toma el cigarrillo que reposa detrás de su oreja derecha y se lo pone entre los labios. Hurga en el bolsillo trasero-izquierdo del pantalón, extrae una cajita de fósforos, enciende uno y lo protege con las manos hasta que la llama aviva el tabaco. Exhala un fantasma ceniciento antes de levantar el trasero de la cama y girar la cabeza hacia Lulú. Lulú trae una sudadera roja, unas sandalias negras y unos blue jeans. Junto a una montaña de maletas, de pie, habla y llora, llora y habla. De repente Cecilio aplasta al cigarrillo en el cenicero que yace a su derecha, encima de un buró igual al tuyo, se aproxima a Lulú y extiende sus manos. Lulú se deja abrazar y abraza a la antigüedad macho. Dejando que se esfumen al menos quince minutos, ambos bailan suavemente, pegando mejilla con mejilla y apartándose luego para también juntar miradas. Casi por tácito acuerdo, se quitan la ropa. Cecilio ya está totalmente desnudo y aprovecha que Lulú ya está totalmente desnuda para alargar los dedos y abarcar del todo a las tetas caídas. Lulú lo mira de soslayo y se embadurna las palmas de las manos con saliva. Frunce los labios como si estuviera posando para un anuncio de pintalabios, mientras las palmas ensalivadas se cierran alrededor del pájaro erguido y, a lo largo de éste, se mueven arriba y abajo. Cecilio abre la boca y Lulú lo besa con voracidad, como si quisiera devorarlo por entero. Cecilio la hace a un lado de un brusco empujón y la abofetea en la cara. Lulú no puede evitar caerse sentada en el suelo alfombrado. De inmediato él la agarra del pelo y la obliga a ponerse a cuatro patas. Las tetas colgando. Lulú tiembla sin control. Cabrillean sus pupilas. El rostro se le ha cubierto de un atractivo rubor. Cecilio se arrodilla detrás de ella y le da otro firme tirón de pelo. Con la mano libre, se detiene el pene y, empujando con todas sus fuerzas, lo entierra en el orificio que no es el de la sede de la vida. Lulú aprieta los dientes como si quisiera pulverizarlos unos contra otros. Eso no impide que sus gritos suenen demasiado fuertes. Cada grito desencadena irremediablemente que el vaivén del anciano cobre una mayor aceleración. Tú no alcanzas a oír esos gritos. Pero te angustia ver la mueca de dolor de Lulú, a aquel carcamal de sonrisa canallesca sodomizando a la única hembra con la que has podido formar una pareja. Las cosas se mantienen así durante un rato, hasta que los movimientos de Lulú se armonizan con las embestidas del feroz atacante. Sin creer en lo que ves pero ya enfadado, desolado, con la cara de quien acaba de recibir una cubetada de cuadritos de hielo en la espalda, tú comprendes que el dolor de Lulú ya se ha trocado en placer. Tantas veces que a ella le pediste entrar en su ser por la puerta de atrás y ella te lo negó, y ahora la muy puta está disfrutando con su mejor amigo lo que nunca quiso hacer con su marido. Finalmente Cecilio retira su falo ablandado. Se levanta. Se tumba sobre la cama. Lulú se tiende a un lado de él y le sonríe con amor infinito: la sonrisa que tu suponías que había nacido y crecido para ti. Luego ella cierra los ojos, con las manos en la nuca, las rodillas alzadas y las piernas ampliamente separadas. Sus pezones se ven tan duros como pequeñas piedras. El viejo no puede contenerse ante ellos. Los muerde con los dientes, juguetón, sin causarle daño. Los chupa con la lengua y, con la mano derecha, aplica un manotazo entre las piernas lulúanas. No ha sido un golpe poderoso, pero causa que los ojos y la boca de Lulú se abran de par en par. Con los dedos de la mano derecha, Cecilio localiza el nódulo de carne entre los tiernos labios genitales, y lo fricciona hacia delante y atrás hasta que Lulú eleva las caderas, arqueando la espalda. Él vuelve a alzar la mano derecha y suelta en el mismo punto una serie de palmetazos salvajes, demoledores, sonriendo mientras su órgano viril resucita y las lágrimas corren de nuevo por las mejillas de Lulú, quien se retuerce a uno y otro lado, aferrando y estirando las sábanas a sus costados. Cuando el anciano coarta la libertad de expresión del pequeño Marqués de Sade que lleva dentro, Lulú se limpia la cara con el dorso de las manos y clava sus ojos en la ventana. Pero la ventana es de la forma y los colores cotidianos. No hay en la ventana una araña, ni una rata, ni una mancha, ni un letrero. ¿Qué es, pues, lo que Lulú mira? Pues en la ventana, nada. Mira lo que hay del otro lado del cristal: tus ojos. Ateniéndote a la lógica, piensas que emergerá de la cama para ir directamente a cerrar las cortinas, y aun antes de que esto suceda, ya empiezas a sentirte miserable y frustrado: ella ahora impedirá que tu vista invada ese cuarto de hotel y tú automáticamente serás un personaje de su pasado. Sin embargo, te equivocas. Tras volver a mirarte como para cerciorarse de tu presencia, Lulú se arrodilla entre las piernas de Cecilio, se pasa la lengua por los labios bucales y lame la porción de glande que tiene puntitos de mierda. Tú obtienes así la certeza de que ella está respondiendo a tu voyerismo con un correspondiente acto de exhibicionismo, y el corazón se te rompe en pedazos aún más pequeños; las pupilas se te llenan de astillas. Ves todo empañado y ya no es posible seguir dando una cuenta exacta de lo que allá está aconteciendo.

Young, Hot 'n Nasty Teenage Cruisers (Johnny Legend y Tom Denucci, 1977)

Al porno actual le hace falta más artistas con ganas de divertirse. Y eso es lo que es Johnny Legend, el autor principal de “Young, Hot ‘n Nasty Teenage Cruisers”, cantautor rockabilly, cineasta underground, manager de lucha libre y hippy empedernido que decidió pasárselo bien rodando una película porno en plena edad dorada del género. Y no hizo otra cosa que rodar lo que él mismo bien definió como un rockabilly porno, una alocada comedia llena de sexo, música, humor, libertad sesentera y mucho, mucho sexo.

Mientras Mambo Reaves (Johnny Legend) desprende su música rock por las ondas herzianas de una radio local, seguimos las disparatadas aventuras de una serie de jóvenes que se mueven por las calles de la ciudad entre música, sexo y diversión.

“Teenage Cruisers” muestra la historia de Serena y su amiga Barbara (Lynn Margulies) dando vueltas con su coche buscando diversión y anhelando a su Johnny que partió a la guerra; la de un pervertido que recorre la ciudad grabando conversaciones picantes ajenas para masturbarse; la de una ninfómana peligrosa (Christine De Shaffer) que se ha escapado del manicomio, y la de dos chicos intentando ligar y fracasando por la ciudad. Cuatro historias entrelazadas con personajes comunes junto a una fiesta sexual en la piscina, un concurso de cocinar pasteles en topless, un show donde los caballos son los espectadores y un guateque rockabilly en plena calle.

Este filme respira la libertad sexual y mental de los 60 y las influencias del cine transgresor y alocado del genial Russ Meyer. Y encima es un pastiche, ya que Legend fusionó el material original que rodó con loops (cortometrajes sexuales de los 60) recuperados del olvido. Y lo hizo con mucho talento. Casi todos quedan muy bien encajados con las historias y sólo se puede llegar a notar el collage en la diferente calidad de imagen de algunos de los vídeos antiguos.

Un tremendo, excitante y hippy trío de John Holmes con dos mujeres en la piscina; dos chicas embadurnándose de crema durante una competición de cocinar pasteles, una rubia de pequeñas tetas disfrutando del sexo en un pequeño cuarto, y una granjera masturbándose en un pajar son algunos de los loops que Legend fusionó con sus historias, que por su parte, también contienen su dosis de sexo.

Serena y Barbara se cruzan con varios personajes en un periplo que lleva a la pelirroja a masturbase en el suelo mientras escucha a la rubia de pequeñas tetas a través de la puerta, a disfrutar se cuerpo y de un autoestopista en su coche, y a retozar y verse inundada de semen con su ansiado Johnny en una furgoneta.

Por otro lado, la loca ninfómana Babsy Beaudine que interpreta Christine De Shaffer ataca en la piscina al vecino de Holmes, secuestra y somete a un profesor del instituto de Serena tras cruzarse con ella, y termina follando a ritmo de rock con el saxofonista de una fiesta musical callejera. Mientras, los dos ligones lo intentan y fracasan con Serena y Barbara y con otras chicas ya satisfechas en sus coches, terminando en un local presenciando películas imposibles. Una serie de aventuras alocadas llenas de secuencias surrealistas y disparatadas que llenan de humor el filme.

Y es que la película está plagada de gags y toques de humor que en diversas ocasiones se fusionan con el sexo y los desnudos al más puro estilo Russ Meyer. Tenemos a Serena literalmente inundada hasta el éxtasis con litros de semen de su Johnny mientras suena el Johnny Comes Home; los extraños personajes a los que saluda Mambo Reaves; el oyente suicida que llama a la radio; unos caballos viendo una película porno en la que una granjera se masturba en el pajar; Babsy masturbándose con un hinchador y tocando un solo de saxo con el coño; Serena haciéndole un calvo a su profesor; la loca atacando a lo “Tiburón” a un pringado en la piscina, durmiendo con una polla en la boca como si de un chupete se tratase y follando con un saxofonista mientras éste toca un sólo de rock.

Y todo mientras los ligones motorizados lo intentan con Serena mientras se masturba con un taladro en un gag a lo “Hot Shots”, con otra a la que ya le está chupando el coño un perro (ninguna de las dos cosas son reales, tranquilos) o con otra que ya disfruta del sexo oral con un muñeco de ventrilocuo que amenaza a los chicos con una navaja.

La cautivadora Serena y la desquiciada y tremenda Christine De Shaffer son las principales protagonistas de la película. Según apuntan muchas voces, Serena estaba embarazada de pocas semanas durante el rodaje de la película. Algunos dicen que se le nota, pero la verdad es que su vientre está bien plano y lo único apreciable es la voluptuosidad de sus tetas y lo bellísima que está. Sin embargo, eso podría explicar que, aunque la vemos totalmente desnuda y abierta masturbándose y retozando con Johnny hasta el éxtasis, Serena no es penetrada en ningún momento de la película.

Junto a Serena y De Shaffer (que disfruta de más sexo que su compañera y nos hace disfrutar a nosotros con su voluptuosidad), destaca en el filme la gran banda sonora original repleta de ritmo y rock, con un espectáculo final con actuaciones de rockabilly en una fiesta callejera con jóvenes bailando. Bien en vivo en la fiesta o en la radio durante la película podemos disfrutar de la música del propio Legend, de Billy Zoom (de la banda X), Charlie Feathers, Ray Campi, Tony Conn y Jackie Lee Cochran, entre otros.

En definitiva, un filme único que puede recordar por su planteamiento al “American Graffiti” de George Lucas y que se erige como uno de los filmes imprescindibles de la edad dorada del porno. Diferente, alocado, sexy, divertido… todo lo que le hace falta al porno actual.

Lies (Francois Clousot, 2009)

Clousot (conocido como director por bodrios como “Time after Time”) hizo un buen trabajo en 2008 con “Forever is the night” y “Last Call”, y el año pasado quiso seguir esa estela y apostar por la intriga en “Lies”, un filme policíaco al estilo de los de Armstrong en los 90. Sin embargo, Clousot no es Armstrong, y “Lies” termina siendo un entretenimiento inútil que pasará (o debería pasar) totalmente desapercibido. En el repato, Alektra Blue, Kirsten Price, Jessica Drake y Reyveness, entre otros.

Una mujer (Alektra Blue) se presenta en la comisaría y reconoce en una foto el cadáver de su novia, que ha sido asesinada. Dos detectives (Armstrong y Enright) interrogan a los principales sospechosos: los amantes de ambas, la madre de la fallecida y los amigos, entre otros. Todo el mundo parece inocente y la novia de la muerta tiene una buena coartada.

Resulta que Fellicia (Alektra Blue), la mujer que se presenta en comisaría, se hace pasar por su novia Vicky (Kirsten Price), diciendo que Felicia ha fallecido. Los policías andan despistado con razón, ya que Fellicia es inocente (de hecho, es la muerta) y la única posible sospechosa es, supuestamente, la fallecida (que ellos no saben que es Vicky).

Sin duda resulta un planteamiento interesante si Clousot lo hubiera tratado bien. Y es que desde el principio se nos muestra que Alektra está tomando la personalidad de su novia (a lo “Vidas Ajenas”, de D. J. Carusso), haciendo que no haya ningún tipo de intriga en el filme y haciendo de la parte argumental una simple y pesada excusa para el sexo. Y eso es lo que nunca debe ser un porno argumental, una serie de minutos de trama que no interesan y que sólo sirven de excusa para el sexo.

Pero lo peor no es que no interese por un mal planteamiento, es que Clousot no se da cuenta y dosifica la información como si estuviera creando expectación, cuando todo el mundo sabe, desde el principio, el final del filme, no por previsible sino porque ya nos lo han mostrado. El desarrollo del filme es muy bueno, presentándonos el crimen y a los sospechosos entre los muros de la sala de interrogatorios, y Clousot acierta también con el plan del malo de la película. Pero hierra irremediablemente en la formas, cargándose la película.

La parte sexual, aunque está bien, no supera los estándares de Wicked Pictures, con lo que tampoco logra levantar la película. Tenemos cinco escenas de parejas, cuatro hetero y una lésbica entre Blue y Price.

La primera la protagonizan Tommy Gunn y Kirsten Price en un garaje mecánico. La siguiente escena la protagonizan Alektra Blue y Eric Masterson en casa de Alektra, y la siguiente nos muestra a Jessica Drake y Barrett Blade empezando en un jacuzzi y terminando dentro de la casa en uno de los mejores polvos de la película.

El espectáculo lo continúan la veterana (y viciosa) RayVeness y joven Rocco Reed, y terminan el show Alektra Blue y Kirsten Price con un lésbico. Ninguna de las escenas es nada del otro mundo, pero se podrían destacar dos: la de Jessica Drake y el lésbico final, aunque la de ReyVeness hará las delicias de los amantes de las MILF.

En el terreno interpretativo, no mucho a destacar. Armstrong hace un buen trabajo, como siempre, pero el resto tienen personajes tan planos que no dan para mucho. Blue, que lleva el personaje con más dobleces, no logra mucho más que sobreactuar, aunque sigue siendo terriblemente atractiva haga lo que haga.

Así que un filme fallido más por cómo lo han llevado a cabo que por la concepción. Clousot vuelve a caer en el error de dirigir un guión propio sin darse cuenta que para lo que vale es para la fotografía. Esperemos que vuelva a colaborar con Melissa Monet en el guión, que con “Last Call” y “Forever is the Night” logró un buen resultado.